Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Yo me iré con ella. No me abandonará. Ya nos conocemos hace mucho tiempo y nos consideramos como de la familia.
—Bueno, ¿ya podremos ir abajo?
—SÃ, vamos.
Mientras iniciaban el descenso, Pagani dijo a su invitado, dando a la cosa mucha importancia, que Madame Latour habÃa comprado, con los francos que le habÃa entregado a él, una gran tarta de frutas, y ella habÃa puesto por su parte una botella de vino de Beaujolais y otra de Borgoña.
Al pasar por el cuarto piso, estaba abierta la puerta de una habitación y se veÃa a través del hueco una muchacha y un mozo que limpiaban.
—Es el cuarto de Madame Latour y de su hija —dijo Pagani con un cierto entusiasmo.
Era un cuarto amplio, con dos balcones, una mesa en el centro de la habitación y en las paredes muchas estampas y cuadros. HabÃa también un jarrón con flores, que se mantenÃan muy frescas, como recientemente recogidas.
—Aquà es donde suelen trabajar de noche madre e hija, y yo, a veces, las ayudo —dijo Pagani.
—Se ve, por lo que dice usted, que es una mujer muy trabajadora —indicó el inglés.