Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—¿Qué demonio podría ser eso? No lo comprendo —dijo Evans.

—Yo no sé lo que podría hacer esa mujer. Lo que es indudable es que empleaba reactivos, sustancias fuertes, porque se pasaba un cuarto de hora estornudando.

A Pagani lo que más le indignaba era que se hubiera ido sin devolverle su cacerola.

Viendo que miraba hacia la puerta, Evans le dijo:

—¿Es nuestra hora ya?

—Sí, podemos bajar.

Fueron bajando despacio, deteniéndose en los descansillos.






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