Los caprichos de la suerte

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Evans estuvo durante algunos minutos examinando una por una las estampas, algunas de las cuales ya conocía. Eran El Concierto, los Retratos a la moda y El Espectáculo de las Tullerías.

—Son de un Saint-Aubin, del siglo XVIII, y muy conocidas —indicó ella.

Había otras más modernas y bonitas, como las Pequeñas Coquetas, la Separación Dolorosa y el Sueño Engañador de Boilly.

Luego, al mostrar un retrato de un señor, Evans le dijo que le parecía muy bueno.

—Sí, está bien —dijo ella—. Es de un pintor de cierta fama.

Después Pagani intervino para decir que el retrato era un aristócrata que había quedado en la miseria, hasta morir en el hospital. La madre de Madame Latour le había atendido en su última época.

A la una y media aparecieron el marido de Madame Latour y su hijo y se sentaron a la mesa. A Evans le indicaron el sitio entre la madre y la hija. El marido era un hombre que trabajaba en una fábrica de Pantin. El hijo resultaba un tanto impertinente y, por lo que dijeron, hacía poco que había empezado a acudir con su padre a la misma fábrica.


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