Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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Madame Latour tenía aire y ademanes aristocráticos. Era esbelta, de mediana estatura, de ojos azules y sonrientes, el color de la tez blanco, sonrosado, las manos finas, alargadas, el pelo rubio. Se expresaba con una voz bien timbrada y pronunciaba el francés con muchos perfiles. Tenía un tipo bien marcado de francesa del Norte, ese tipo clásico que aparece en las estatuas del arte gótico y en los retratos de algunas damas del siglo XVIII, tipo de expresión un poco burlona.

Aquella encargada de un hotel, tan de barrio pobre, habría podido charlar mano a mano con la Pompadour en el Petit Trianon. Parecía una mujer hecha para lucirse en los salones, lo que no la estorbaba para ser una ama de casa muy económica y trabajadora.

Su hija, Dorina, era una muchacha risueña, turbulenta y, al parecer, tenía un gran entusiasmo cordial por su madre y la abrazaba y la besaba con frecuencia, sin buscar especial motivo.

Madame Latour vestía en aquella ocasión un traje modesto, pero al mismo tiempo elegante. Se veía en ella una mujer lista y muy activa, un espíritu ordenado y minucioso. Encargada y administradora del hotel, hacía allí de todo y, si era preciso, podía sustituir a cualquier persona que faltase: al portero, a la cocinera y al contable.


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