Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Tampoco el chico descubría un gran parecido con el padre, ni con la madre. No tenía del padre ni la robustez ni la fuerza, y la facilidad y elegancia de la madre se había convertido en él en afectación y pedantería. En un chico esto resultaba un tanto cómico. Se mostraba sabihondo. Sin duda cogía al vuelo todo lo que oía en la calle y hablaba de lo que iba a ser la guerra y de la táctica militar con una gran suficiencia, que resultaba un poco ridícula. También disertó, durante la comida, sobre los muertos con una delectación extraña.
El padre, en cambio, no quería hablar de la guerra. Le parecía asunto molesto. Había conocido la del año 14 y había llegado a sargento y a ser condecorado, pero como se sentía medio comunista, no quería recordar aquella época, según él, abominable.
Comieron muy bien, se celebró la tarta y el vino de Evans y, cuando terminó el almuerzo, se fueron el padre y el hijo a su fábrica y quedaron Madame Latour, Dorina, Pagani y el inglés de sobremesa.
Madame Latour tuvo que ir a sustituir a la empleada en el despacho. La empleada del hotel estaba en sus horas reglamentarias de ocho de la mañana a doce y de tres a siete de la tarde. Abrió Madame Latour la ventana que comunicaba el escritorio con el salón y se puso a trabajar en un jersey.
Pagani fue un momento a hablar con ella y Evans quedó en tanto en el comedor con Dorina.