Los caprichos de la suerte

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—Me ha dicho Pagani que alguna de ustedes, no sé si la madre o la hija, toca el piano —dijo el invitado.

—Sí, yo toco un poco —contestó la muchacha parpadeando con nerviosidad—. Pero muy poco. Me dio lecciones una profesora irlandesa que vivió aquí, en el hotel. La pobre mujer no ganaba lo bastante para pagar la pensión, y al último tuvo que dejar el piano y se marchó a su país. Yo tenía afición, pero la profesora me dijo que para mí era ya tarde, si quería empezar el piano seriamente.

—Debía tocar usted algo como fin de fiesta —dijo Evans.

La muchacha entonces se levantó, fue hasta la ventana que daba al escritorio y preguntó a su madre:

—¿Tocaré un poco el piano, mamá?

—Bueno, si no hay gente en el salón, admitido.

La chica fue al salón del hotel, que era bastante grande. No había nadie. Entonces Pagani y Evans acompañaron a Dorina hasta donde estaba el piano.

—Yo me quedo aquí —dijo Madame Latour—, por si alguno llama al teléfono.

Dorina se sentó al piano y tocó una sonata clásica muy bien.

—Debiera usted insistir en el piano —dijo Evans.


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