Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —No, ¿para qué? Ya le he contado a usted lo que me decÃa la profesora, que nunca llegarÃa a ser una buena pianista, que habÃa que empezar más pronto.
—¿A qué edad?
—A los nueve o diez años, y yo ya tenÃa catorce.
—¿Pero, será verdad eso?
—Parece que sÃ.
—Sin duda eso será para las que quieran llegar a ser grandes artistas.
—¡Ah, claro! Ella consideraba que, de no aspirar a ser gran artista, no valÃa la pena de estudiar con insistencia, sacrificando horas y horas, interpretando aburridos ejercicios.
—¿Y ahora cuántos años tiene usted, Dorina? —le preguntó el inglés.
—Pronto diez y siete… ¿Y usted?
—Yo soy muy viejo, no ya para tocar el piano, sino para vivir. ¿Por qué me mira usted sonriendo?
—Por nada —contestó la muchacha.
—¿Es que piensa usted algo burlón al mirarme?
—No.
—Sin embargo, algo se lo ocurre a usted cuando me mira.
—No creo que se me ocurra nada.
Pagani entonces dijo:
—Lo que hace Dorina es cantar con mucha gracia.