Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—Yo creo que es por las dos cosas. La novela necesita misterio. No hay misterio. La vida se va aclarando más y se ven como los hilos del muñeco, lo que es poca cosa. Ponga usted a un buen burgués de París leyendo el prólogo de Ferragus, de la Historia de los Trece de Balzac, por la noche con una lámpara de aceite en un chiscón de una calle oscura y mal iluminada; ponga usted a un comerciante inglés en su casa bien cerrada leyendo Pickwick o Bleak-Home de Dickens, sentado al calor de la chimenea. Los dos tienen que estar estremecidos de curiosidad y de espanto. En cambio, póngale usted a un rico moderno en una casa con calefacción, iluminada con luz eléctrica, con la calle tan clara como su cuarto. El libro le parece pesado y lee el periódico, oye la radio y piensa en vulgaridades.

—Sí, es verdad, pero nosotros no podemos remediarlo —dijo Escalante.

—Evidentemente que no lo podemos —repuso Evans.

—Entonces no hay que ocuparse de eso.




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