Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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Un español que comía en una mesa próxima se acercó a donde estaban Evans y sus amigos. Evans le preguntó:

—¿Ha venido usted hace poco de España?

—Sí, hace unas semanas.

—¿Qué pasa allí?

—Lo de siempre. En un barrio han sacado los confesionarios de alguna iglesia para convertirlos en puestos de periódicos.

—¡Qué fantasías!

—En el tren me contaba un señor las ocurrencias de un alcalde aragonés, que había hecho un sinfín de perrerías en su pueblo. Dijo que había ordenado una vez que todo el mundo sacase los objetos religiosos a la calle, para que se los llevase el carro de la basura. El alcalde aragonés, al ver el mal aspecto que tomaba el lado rojo, escapó a Francia con una muchacha, porque él no hablaba francés y la muchacha chapurreaba algo la lengua. La chica, a la que había desflorado, entró en España y como le tenía asco al alcalde, desde allí le escribió unas cartas entusiastas diciéndole que en la zona blanca todo iba muy bien, que él debía regresar pues no le costaría nada volver a ser alcalde. El hombre se dejó convencer, entusiasmado por ejercer de nuevo autoridad, el color político era lo de menos para él, y al cruzar la frontera lo prendieron, lo llevaron a la cárcel y lo condenaron a muerte.


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