Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte »En la cárcel había hallado a un hombre que era profesor de un colegio al que se acusaba de haber fabricado pólvora para los rojos. Este hombre creía que su socio y amigo, que colaboró en esta fabricación, se había escapado al extranjero y, basándose en esa idea, le había acusado de ser el único que fabricaba las pólvoras. Estaba tranquilo ya, después de haber hecho esa declaración que le descargaba de la máxima responsabilidad, y le alegraba haberse librado del mochuelo, cuando unas semanas más tarde vio que al compañero le traían detenido. Se quedó espantado. Entonces se metió en la celda y al día siguiente le encontraron muerto, ahorcado con un pedazo del cinturón. Había escrito, durante la noche, una retractación de cuanto había declarado, exculpando a su compañero. Pero aquel rasgo de hombría de bien del suicida al otro no le sirvió de nada, porque, sin tener en cuenta la exculpación in articulo mortis del amigo y consocio, lo fusilaron.
Cuando ya estaban en los postres, se acercó a saludar a uno de los amigos que almorzaban con Escalante un señor, que resultó también desterrado, y al que invitaron a tomar café con ellos.
Aquel expatriado tenía sus cosas que contar.