Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—Yo creo que versos malos los hace todo el mundo si quiere.

—Yo no los puedo hacer; me es imposible.

Al salir del pueblo del vino por la madrugada y al clarear el horizonte se encontraron en Perales de Tajuña. El río de este nombre llevaba también muy poca agua.

A un lado del camino, sentada a la puerta de una casa solitaria sobre una silla de esparto, vieron una hilandera decrépita ocupada en el manejo de su huso y de su rueca. La casa que la vieja parecía guardar no podía ser más humilde. De una planta sola, tenía sus paredes desconchadas, sus largueros al descubierto y entre ellos mostraban tomizas secas. La acción constante del sol y la lluvia le había dado a la casucha pobre un aire de vejez y de miseria muy semejante a su propietaria.

La puesta de sol, en aquel campo castellano desierto y árido, en medio del más absoluto silencio, imponía terror al espíritu de los viajeros.

Después, cuando la noche cerró, el brillar de las estrellas les pareció algo más plácido y agradable. De pronto se encontraron con la hondonada del Tajuña. El verano había sido seco y el río llevaba poca agua.

Elorrio recitó en broma:

Tajuña se esconde y calla

con su mísera corriente,

pero a veces va y se engalla


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