Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte y se traga mucha gente.
Luego se decidió a vadearlo a pie sin tomar ninguna clase de precauciones. Su compañero de andanzas, Muñoz el cómico, le retuvo diciéndole que debía obrar con más cautela. Quién sabía si había hoyos en el cauce del río y si por casualidad se hundía en uno de ellos, cosa muy dentro de lo posible, podía desaparecer para siempre. Aunque el cómico decía que no daba gran valor a su vida pobre, tampoco quería perderla en un lance tan vulgar y tan lejos de un público.
—Entonces… ¿qué hacemos? —preguntó Elorrio, detenido en la margen del río en plena perplejidad.
—Vamos a ver —dijo el cómico— si en ese puente de hierro por donde pasa un pequeño ferrocarril hay vigilancia, y en caso de que no la haya cruzaremos con más seguridad.
Se acercaron con mucha precaución. A pocos pasos de donde estaban parados, sobre una colina baja, pudieron descubrir el enrejado de un puente que pertenecía a un ferrocarril que ya no debía funcionar.
Se aproximaron con cautela al puente del tren y lo encontraron abandonado y sin vigilancia. El tráfico debía de estar en aquel tiempo suspendido, por lo menos de noche. Pasaron por encima de tableros y de barras de hierro a la otra orilla y otearon los alrededores y no vieron nada sospechoso.
Este Tajuña es atroz,