Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte viene tan seco y tan pobre
que no hay agua que le sobre
ni aun para hacer un arroz,
recitó en broma Elorrio.
El puente les sirvió para no tener que descalzarse, ni exponerse al peligro de un hoyo traicionero. Tras un pequeño descanso, decidieron seguir adelante. Al salir de Perales estuvieron contemplando la silueta de Tielmes, pueblo próximo a la carretera con sus casas cuidadas y una vega con hermosas huertas. La suerte les fue propicia en esa parte del camino, pues tuvieron ocasión de ahorrar fuerzas para seguir el viaje merced a la buena voluntad de un aldeano, que aquella mañana se dirigía con un vehículo sin carga hacia Tarancón. El carretero les invitó a subir.
Al acercarse a Fuentidueña del Tajo vieron la masa de un gran castillo, de silueta imponente, en ruinas. No quedaban ya de él en pie más que algunas viejas murallas, restos venerables e inseguros de una antigua y gran fortaleza. Estaba ya arruinada en su totalidad. En otro tiempo, este castillo era, al parecer, de las órdenes militares y tenía importancia y fama.
Los restos del castillo estaban abandonados. En la parte alta de un repecho y a sus pies se veía un terreno montañoso de cuevas con roquetas, habitadas sin duda por gente mísera.