Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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La chica Dorina escuchaba lo que hablaban sus acompañantes con curiosidad. Ellos se habían retrasado un poco. La chica tenía un aire irónico. La gustaba coquetear, aunque fuese con un viejo.

—No sé dónde tiene esta chica el aire burlón, si en los ojos o en la boca —dijo Evans a Pagani—. Creo que más bien en la boca.

—Esta le da cien vueltas a cualquiera —replicó el señor Pagani—. Es capaz de burlarse de su sombra.

Cuando se alcanzaron, Dorina contó que en el colegio del barrio, que estaba bastante cerca de una escuela de chicos, estos les escribían fogosas cartas de amor y ellas contestaban, y a veces los chicos se pegaban por rivalidades de unos con otros, lo que a ellas les hacía reír mucho.

—Es el eterno femenino —dijo el diplomático.

Dorina manifestó que, cuando se casara, le gustaría que su marido fuera hombre que la dirigiera y la dominara.

—Entonces, la esclavitud —replicó el inglés.

—No, la sumisión —contestó ella.

Tenía la idea de que para que una pareja estuviera bien, el hombre tenía que ser alto y moreno, y la mujer más pequeña y rubia.

—Era la opinión de Goethe para los héroes del teatro —dijo Evans.


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