Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—No sé quién era ese señor —indicó Dorina.

—Un poeta alemán famoso.

A Pagani no le interesaban más que las cosas antiguas y geográficas. Dorina miraba de través y torcía un poco los ojos.

—No mire usted así, porque bizquea usted un poco con ese ojo —dijo el inglés en broma.

—¿Y eso le parece a usted feo?

—No, no. Me parece muy gracioso, pero no hay que abusar de la gracia.

Dorina habló, con una mezcla de broma y conmiseración, de la profesora irlandesa que la había dado lecciones de piano. Era, según ella, muy simpática y muy buena, pero un poco borracha y sentimental, y muchas veces aparecía con los ojos llorosos, la nariz roja y el sombrero torcido y balbuceando.

—Esta lo cuenta todo en burla —dijo Pagani—. Los jóvenes de ahora son así.

—¡Pues qué quiere usted! Cuando a mí me guste beber, la gente se reirá también un poco de mí.

—¿Y cree usted que le gustará beber? —preguntó Evans.

—No sé todavía si me llegará a gustar o no, pero pudiera gustarme cuando tenga más años.

Dieron unas vueltas por el parque y al atardecer, como comenzase a soplar un vientecillo fresco, pensaron que debían marcharse a casa. Fueron hacia el hotel.


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