Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Su madre debe tener un carácter muy amable —le dijo Evans a la muchacha.
—Es encantadora. Yo la quiero, no como si fuera mi madre, sino como si fuera mi hija.
—¿Y su padre?
—Es muy bueno, pero muy violento y huraño. La pobre mamá le tiene que aguantar sus malos humores.
—¡Ya verás si sabe tu padre que hablas asÃ! —dijo Pagani.
—¡Bah! No se lo van a decir ustedes…
—¿Y su hermano? —le preguntó de nuevo Evans.
—Es de la misma raza de mi padre, de la raza de Pantin.
Los dos acompañantes se echaron a reÃr. Los parisienses consideran a los de Pantin como gentes un poco rudas y bárbaras.
Al volver a casa se despidieron. Dorina entró en el hotel. Evans y Pagani siguieron hasta tomar el Metro en la estación de Botzaris, para que les llevase al centro de la ciudad.