Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Muy hábil y muy buena. Si no fuera por ella, yo ya me habría muerto.
—¿Y cómo ha podido, una mujer de posición humilde, improvisar todo lo que tiene?
—¡Qué quiere usted! Es el talento natural.
—Porque solo para tener ese saloncillo, como lo tiene ella, con sus muebles y sus estampas y su aire gracioso, se necesita un fondo de buen gusto y de cultura que mucha gente rica no lo tiene.
—Ahí se ve su gracia.
—La bondad —dijo Evans—, ¡qué maravilla en el hombre, cuando las fuerzas naturales le han hecho egoísta, brutal y envidioso! Desear el bien ajeno, y no solo desearlo, sino poner los medios para que este bien se realice, es algo verdaderamente extraordinario y maravilloso. A mí nada me asombra tanto como esto. El talento, el ingenio, la facultad de inventar, nada me produce una sorpresa tan grande como la bondad. Esto lo encuentro extrahumano, en el buen sentido.
—Es verdad.
—Son milagros de la inteligencia.