Los caprichos de la suerte

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Hablaron a continuación de la guerra y de sus peligros. Pagani dijo que le habían dado una careta para los gases asfixiantes, que tenía en su cuarto, pero que no creía que le fuera a servir para gran cosa. Evans tampoco lo creía. Pagani estaba dispuesto, si había bombardeos aéreos, a quedarse en su buhardilla y a no bajar a ningún refugio. Si le alcanzaba una bomba en su casa, se diría a sí mismo: ¡Adiós, señor Pagani, buenas noches! Pero no quería morir asfixiado en un agujero del suelo, como una rata en una alcantarilla.

El inglés dijo que le parecía que estaba en lo cierto, pensando de esa manera, y que había que tener sobre todo resignación filosófica. Entonces Pagani le preguntó si no creía que debían tomar cada uno un ajenjo para animarse un poco, como se tomaba en su tiempo.

—No, porque tengo la evidencia de que nos haría daño. Eso no es dedicarse a la filosofía, sino excitarse de una manera estúpida para nada.

Pagani refunfuñó un poco y al último se calló.

Era ya tarde. Salieron de la cervecería y cada uno de ellos cogió el Metro para ir a su casa.


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