Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Pues lo mismo que usted, que la cosa no tenía importancia.
En tanto Evans y Pagani habían llegado a la puerta del Museo Carnavalet, donde por entonces se celebraba una exposición de retratos de personajes de la Revolución Francesa. Entraron.
Vieron grabados y pinturas muy expresivas en los que se reproducían las efigies de Danton, Robespierre, de Carlota Corday, de Madame Roland. Entre las obras expuestas se tropezaron también con un busto coloreado de Marat, tan naturalista que, si uno se hubiera encontrado de repente a un tipo así en la calle y a solas, le hubiera causado miedo.
La naturaleza tampoco se había mostrado muy generosa con Danton. Era un hombre francamente feo. Había un motivo para que lo fuese: había tenido como nodriza de niño una vaca. Un día en que iban la nodriza y él, se les lanzó un toro que se había escapado; se lanzó sobre la vaca y dio a la criatura una cornada que le partió el labio superior. Ese había sido el origen de la deformidad que se advertía en su rostro. No bastó eso. Estaba predestinado a sufrir los ataques de los bichos cornudos… y de los jóvenes realistas.