Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Cuando tenía siete u ocho años, como si quisiera vengar la ofensa del labio, se puso a luchar contra un becerro y recibió una cornada que le aplastó la nariz. Tenía, pues, una cara labrada a cornadas. Pero tampoco eso le bastó al Destino para moldearlo. Unos cerdos, a los que atacó a latigazos, aprovecharon verle caído en el suelo, por haber tropezado, y se lanzaron sobre él causándole una terrible herida, muy semejante y con resultados parecidos a la que sufrió Boileau en su infancia, a punto de perder su virilidad. Estuvo después expuesto a perecer ahogado, le atacó una fiebre perniciosa y, para remate, padeció unas viruelas locas de importancia y un tabardillo. Con todo eso, era difícil que fuese un Adonis. Sin embargo, trasladado el joven abogado sin clientes a París, porque su madre había contraído segundas nupcias, en el tiempo en que vivía en la modesta posada de «El Caballo Negro», que en la calle Godofredo el Burrero tenía un tal Lagrón, muy concurrida de champañeses, viéndole tan henchido de una alegría franca y ruidosa, supo enamorar a la cajera, Gabriela Charpentier, conmover su corazón y causar tanta impresión sobre ella que, al oír que las gentes le decían: ¡Qué feo es!, su ojos, engañados por su corazón, le hacían creer lo contrario.
Pagani, cuando oyó a su amigo todos aquellos detalles, se sorprendió de verle tan informado.