Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Claro que lo era. Talento estratégico y matemático, extraordinario, genial. Pero poca cosa como hombre. Un tipo bilioso, pequeño, barrigudo y cetrino. El tipo del Mediterráneo, atracado de macarrones y de aceitunas verdes, sin cejas y sin pestañas. Es el hombre sin gracia. Todo para él es serio: las condecoraciones, los penachos, los uniformes, los tÃtulos, las estadÃsticas. No tiene en su vida un rasgo de humor. Shakespeare no hubiera podido hacer ni una tragedia ni una comedia con su vida.
Después de salir del museo, Evans y Pagani pasearon hasta llegar a los Mercados, y una vez allà entraron a cenar a una taberna en donde servÃan dos o tres camareros españoles.
Terminada la cena, como aún fuese temprano para retirarse, dieron un paseo largo y volvieron al hotel de la calle de los Solitarios.
Fueron los dos al cuarto de Evans. Pagani vio sobre la mesa un libro de Dostoyevski y, tomándolo, comenzó a hojearlo.
—¿Ha leÃdo usted algo de él? —le preguntó Evans.
—Sà —contestó Pagani—, lo de los presidios siberianos.
—¿Los Recuerdos de la Casa de los Muertos?
—Eso es. Y también Eterno Marido.
—Todo terrible.