Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—No son historias; es verdad. Yo soy capaz de hacer por ti lo que sea, lo que pueda, pero tú no lo estimas. De antemano has hecho la clasificación. Uno tiene bula y el otro no la tiene, y yo soy de los que no la tienen, al menos por ahora.

—Bueno, no hablemos más.

—Sí, hablemos. Es que es asquerosa esa medida caprichosa de la gente. Lo que es bueno en uno, es malo en el otro y al revés. Eso no se puede aceptar.

—Pues no lo aceptes. Nadie te lo exige.

—¿Es que tú no te consideras con la obligación de ser un poco justa?

—Yo no.

—Entonces no quiero discutir.

—No discutas.

—No, ya no voy a discutir. ¿Para qué? Si de ninguna manera puedo tener razón. ¿Para qué argumentar? ¿Para qué explicarse?

—Lo que quieras.

—Bien, yo me tengo que marchar a América. Yo preferiría ir contigo. Ahora, si tú no quieres venir…, yo no puedo hacer nada. Yo aquí te dejo mis señas en París. Si tú cambias de opinión, me escribes; si no, ¡qué se va a hacer!

—Bueno, estamos conformes.

Elorrio, al salir de la habitación, se encontró con Escalante y se puso a hablar con él.


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