Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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Al separarse de aquellos muchachos a la puerta de la casa, Muñoz, el cómico de la legua, les dijo:

—¡Buena suerte, amigos! ¿Quién sabe si volveremos a vernos? Arrieros somos y en el camino nos encontraremos.

Cuando tomaron la carretera Muñoz y Elorrio, el cielo se iba tiñendo de rojo hacia poniente, y sobre algunas alturas montañosas destacadas en la lejanía se veían grupos de nubes, que pasaban de la grana al nácar y a la ceniza. El viento del anochecer que azotaba los árboles, torcía las mieses y murmuraba entre las hojas de los árboles; el cielo se clareaba con tono azul profundo, oscuro, que en algunos sitios se ennegrecía. Júpiter brillaba refulgente en lo alto. La noche se iba poco a poco haciéndose dueña de la tierra, una noche tranquila, clara, estrellada, que no parecía ser mucho más negra que el crepúsculo.

Elorrio se despidió de Tarancón con unos versos cómicos que comenzaban así:

Tarancón por tu sonido

me pareces un trancazo,

un muelle que se ha caído

y ha dado un gran batacazo.


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