Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Ya completamente oscuro, se reunieron con un grupo de muleteros que llevaban las recuas a un pueblo próximo. Se pusieron a hablar con ellos. Del campo les llegaba un hálito fresco de las alamedas que se vislumbraban a lo lejos. La luz de la luna comenzó a iluminar la campiña y a mitigar el fulgor de las estrellas. Con la luna iba tomando todo un aire teatral y romántico.
Después se unieron a los muleteros varias personas que, sin duda, no se encontraban muy tranquilas marchando solas en el misterio silencioso de la noche, entre ellas una vieja con un fardo de ropa a la cabeza y un viejo que llevaba un saco con algún animal dentro. Este hombre engarzaba los refranes sin parar. La conversación de todos era suspicaz. Sin duda se desconfiaba del prójimo y se hablaba con muchos reparos y distingos, pensando que una palabra o frase podía comprometerles. Dos o tres horas después de salir de Tarancón se tropezaron con dos viejas carretas de cuatro ruedas que las gentes del país utilizaban como un recurso pasajero, después de muchos años arrinconadas, para compensar en las faenas agrícolas la falta de los vehículos modernos que los milicianos habían requisado y que los labradores estaban seguros de que no volverían a ver.
Más adelante se detuvieron para charlar con un pastor al que preguntaron si los de las milicias no les habían requisado los rebaños.