Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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Así empezó su canción conquense, y la siguió sin grandes absurdos.

—Oiga usted —le dijo Muñoz—, ¿estos versos que usted hace me los podría usted ceder?

—Yo creo que eso no sirve para nada.

—Para mí sí.

—¿Cómo los va usted a emplear?

—Pues publicaré unas hojas y las venderé.

—Ah, muy bien. Como usted quiera.

—¿Y dice usted que le pague algo?

—No, yo no pretendo nada por esas pequeñas bromas.

El perfil de la ciudad destacaba en el cielo los remates de algunos tejados y miradores que se asomaban a verdaderos abismos sobre terreno rocoso.

Del viejo puente que en el siglo XVI costeó, según la tradición, la esplendidez de un canónigo, no quedaban ya más que machones rotos. En tiempo próximo se había tendido otro más atrevido, pero menos sólido en apariencia.

De los dos ríos, el Huécar se deslizaba entre campos fértiles y servía para mover molinos y regar huertas donde se cosechaban verduras abundantes. El Júcar, menos ciudadano que el Huécar, pasaba verde y rumoroso por el álveo profundo de su hoz de piedra.


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