Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte En lo alto de los cerros destacaba su silueta humilde la ermita de Nuestra Señora de las Angustias, que tenía muchos devotos en la ciudad.
La posada donde Elorrio y Muñoz se detuvieron abría sus puertas en el arrabal, hacia su parte baja, no lejos de las orillas del Júcar.
Las tres noches que estuvieron allí, Elorrio gustó el placer de recorrer el pueblo, entrando por sus callejas hacia la catedral, saturándose del aspecto dramático del ambiente, buen escenario para revivir los lances de las antiguas novelas románticas. Muñoz, menos curioso, prefirió dejar solo a su compañero y descansar pensando que no se habían terminado las andanzas del viaje emprendido, y que aún les quedaban bastantes jornadas duras hasta alcanzar las orillas del Mediterráneo.
Elorrio quiso abstraerse algunas horas de las preocupaciones que asediaban su futuro y recogió los extraños acordes de la sinfonía en la que se combinaba el murmullo de los ríos en el fondo de las hoces, el ladrido de los perros despertados en su sueño inquieto de vigilantes, la resonancia de los pasos a lo largo de las estrechas calles, el chirrido de las lechuzas agoreras en las torres de las iglesias y, en los ruinosos paredones de las viejas murallas medio derruidas, el canto lúgubre de los búhos que parecían enloquecidos por el odio y la cólera.