Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Una noche, al volver a la posada, se encontró con su compañero Muñoz que devoraba con ansia el resto de una cazuela con arroz que habÃa sobrado del mediodÃa.
—De usted no se podrá decir lo que dijo un poeta de Madrid, Pedro Barrantes, de un tal Muñoz Lopera, cómplice del crimen de Peñaflor del Huerto del Francés.
—¿Qué dijo?
—Le dedicó esta poesÃa:
Soy el terrible Muñoz,
el asesino feroz
que nunca se encuentra inerme,
y soy capaz de comerme
cadáveres con arroz.
—Cadáveres con arroz es una paella que, aunque como plato diario es un poco monótono, no nos vendrÃa a nosotros mal de cuando en cuando.
—Yo me abonaba a ella por un año —dijo Muñoz.
—Es usted demasiado previsor.
—No. Es que me gusta.
—Yo lo aceptarÃa con intermitencias.