Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—¿A no ser qué?

—A no ser que unos milicianos que están en el pueblo os quieran llevar. Aquí cerca tenían un camión a punto de emprender el viaje para Valencia.

—¡Ah, sí! Entonces —dijo Elorrio—, si usted quisiera indicarnos dónde está ese camión, iríamos a ver si nos pueden admitir los milicianos en su compañía.

La mujer, solícita, se ofreció a guiarles, compadecida al verles tan agotados. Fueron los tres hasta una plaza donde, a la puerta de una taberna o bar sin pretensiones, estaba detenido un camión. Se acercaron a la cabina de este, pero la hallaron abandonada. El conductor había quitado el volante temiendo que le robaran el vehículo. Bajo el toldo del camión se amontonaban algunas mochilas.

Se oía el estrépito de voces que en la taberna procedía de un grupo de gente armada en pie ante el mostrador, iluminado por una bombilla eléctrica.

Elorrio se decidió a penetrar en el bar y quiso inquirir si daba con gentes amables, capaces de compadecerse de unos hombres como ellos aspeados y rendidos.

—Vamos a ver, camaradas, ¿quién de vosotros es el jefe? —preguntó el periodista.

—¿Qué me quieres? —le contestó un mozo moreno, de ojos grandes y frente espaciosa, adornada con un mechón de pelo.


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