Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Un día a los carabineros, ya muy amigos suyos, y a los que regalaba pesca de cuando en cuando, les dijo que le iban a traer una barca mejor para probarla. Llegó la barca. Mientras comían los carabineros, el hombre fue metiendo las cosas que podían inspirar sospecha en su falucho, y entre ellas muchas barras de chocolate que le costaron bastante tiempo reunir. Luego salió a pescar y estuvo hasta el anochecer a la vista de los carabineros. Después desapareció.
Al principio del movimiento, el médico —soi-disant[1], el comunista— solía ver frecuentemente a un amigo que era fotógrafo de los juzgados, quien intervenía para retratar a las personas muertas con el efecto de que pudieran ser identificadas. Según les dijo, tenía que hacer unos veinte o treinta retratos diarios, pero luego la cifra subió a más de un centenar. El fotógrafo de miedo enfermó, luego marchó a París y, a poco de llegar a la capital francesa, había fallecido.