Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte Gloria resultaba mucho más bohemia, incapaz de organizar su vida. Aunque tenÃan una cama para cada una, el dibujante, que algunos dÃas acudÃa a su cuarto para charlar un rato con ellas, veÃa que muchas noches, sin duda para poder conversar con mayor intimidad, se acostaban las dos en la misma cama y fumaban cigarrillos a medias. En la mesa de noche se amontonaban las colillas sobre un plato de cristal.
A los proyectos que Julia exponÃa, cuando se sentÃa pesimista respecto a lo que la quedaba por vivir, Abel Escalante, tratando de animarla, le decÃa que no tenÃa nada.
—Deseche usted ideas pesimistas. Se apura usted y le sube la fiebre. OlvÃdese de todo eso y piense en que mañana la llevará alguien a un restaurante de postÃn, y que estará usted muy guapa, a pesar de su hipertiroidismo.
Cuando estaban Abel y ella solos, porque su amiga se hallaba fuera, Gloria hacÃa al dibujante confidencias bastante curiosas.
—La primera vez que me fui a un hotel con un hombre que no era mi marido —le dijo un dÃa— le confieso a usted que tuve mucha vergüenza.
—Eso la honra a usted —contestó el dibujante.
—¿Usted cree?