Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—¡Bah! Yo creo que no era más que la falta de costumbre. Hay quien considera lícito el irse con un hombre si hay deseo, si hay pasión. Pero la moral corriente no acepta eso. Ni la pasión, ni el deseo legitiman. Pero eso de venderse…

—¡Bah! También los hombres se venden, aunque de otro modo.

—Sí, pero en ellos la cosa tiene menos consecuencias.

—Para una mujer bonita París, evidentemente, es un monstruo lleno de atractivos y peligros. En cambio, para los hombres que quieren encontrar trabajo, es como un castillo cerrado en donde no se encuentra un pasadizo.

En el mismo hotel, Gloria tenía otra amiga que se llamaba Conchita. Una rubia pequeña, muy seca y muy desdeñosa, que vestía con elegancia a pesar de su poco dinero. Era dura, insensible y amiga de las diversiones. Tenía su cuartito en una buhardilla del hotel, se levantaba tarde, iba al baño, en donde estaba una hora lo menos. Luego se lavaba la cara y la cabeza, después se embadurnaba las pestañas con una cosa negra, y se pintaba los labios y se vestía. Anochecido solía marcharse con algún ganapán orgulloso y estúpido a algún restaurante de noche, donde permanecía hasta las altas horas de la madrugada.


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