Los caprichos de la suerte
Los caprichos de la suerte —Del todo no.
—¿Y por qué?
—Por esa seguridad que tiene cuando habla. Ha de sacar a relucir datos, cifras. Esto me fastidia, me da rabia. Ahora, cuando lo recuerdo, lo recuerdo con gusto y le tengo cariño.
—Eso me parece una tontería.
—Sí, lo será.
—Pero, ¿cómo vas a impedir que un hombre que ha leído mucho, que sabe, sea como un niño tonto que no entiende de nada?
—No lo podré impedir, pero a mí no me gusta para tenerlo siempre delante.
—No comprendo esta actitud tuya.
—Este Elorrio dice cosas que a mí me sulfuran.
—¿Pues qué dice?
—El otro día afirmaba que en las pasiones y en los afectos influye más la función del hígado que la del corazón.
—¡Pues será verdad cuando lo dice él!
—¡Qué va a ser verdad!
—Yo estoy segura que si lo asegura es por algo, porque lo ha leído.
—Es llevar la contraria a lo que dice todo el mundo.
—Es que lo [que] dice todo el mundo no vale nada.