Los caprichos de la suerte

Los caprichos de la suerte

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—Pues si tienes esa idea de Elorrio, arréglate con él.

—No, a mí no me quiere; yo tampoco tengo cariño por él. Ahora, lo que comprendo es que es un hombre de talento claro y que no dice las cosas por decir, sino porque las sabe y se entera. Yo me entendería con él.

—Yo no me quiero marchar con Elorrio, porque es un hombre de mala suerte.

—Eso me parece mal y triste.

—No digo que no lo sea. Yo no soy una mártir ni una víctima.

—¿Y tú por qué dices eso?

—Porque es verdad. En Valencia estábamos bien en el Palace Hotel, que se llamaba Casa de la Cultura y también Alianza de los Intelectuales Antifascistas. Llegó Elorrio y acabó todo y empezó a marchar mal. Ya no había comida, empezaron a caer bombas…

—Me da pena lo que dices.

—¿Qué quieres? Yo no tengo bastante entusiasmo por él para ir a hundirme en la desgracia. En el mismo barco en que veníamos a Francia, estuvimos a punto de ser detenidos.

—¿Así que tú crees que Elorrio da la guigne[7], como dicen aquí?

—Sí, eso creo.

—¡Pobre hombre!


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