Los pilotos de altura

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Se dispuso las maniobras a estilo de buque de guerra y se echaba el ancla al son del pito. Al llegar frente al muelle de Caballería vinieron a bordo todos los interesados en la expedición. Se almorzó y se fueron los visitantes. En La Habana nos despacharon las autoridades para San Pablo de Loanda, aunque nuestro viaje era para el río Congo.

Dispuestos a zarpar, pasamos lista. La tripulación la formaban españoles, portugueses, franceses, dos negros, un alemán y un escandinavo.

Uno de los primeros cuidados de Chimista fue encontrar un buen cocinero.

—A esta canalla hay que darle bien de comer —dijo; la poca o mala comida es siempre el comienzo de las insubordinaciones en los barcos. En todos los barcos hay siempre un conflicto entre los marineros y el cocinero.

Era verdad. En general, el cocinero odiaba a la tripulación, y la tripulación creía que el cocinero la engañaba. El cocinero solía ser, con frecuencia, un solitario; andaba con un pantalón atado con una cuerda y una camisa que dejaba ver el pecho velludo y los brazos tatuados, y salía de su rincón sucio y con los ojos lacrimosos por el humo.


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