El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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La fortuna llovida del cielo corrompe y arruina. Es común la idea falsa de que la agricultura y la industria exigen para desenvolverse fuertes capitales. Lo contrario es lo cierto. Lo que dura y prospera y perdura es lo que nació humildemente, y se fue nutriendo de su propia sustancia. Los más poderosos organismos comienzan por la célula microscópica. En una región como la nuestra, donde casi todo está por hacer, donde no hay caminos para lograr huir de las autoridades y donde la reducida población no conoce aún los oficios primeros ni las prácticas de labranza, ha de aglomerarse la riqueza en pequeños núcleos, amorosamente engendrados y criados, si es que se quiere que algún día haya riqueza. Ni los capitales vendrán, ni son convenientes. Las grandes instalaciones aquí son locura, decepción, fracaso. Es de sentido práctico: George os lo dirá mejor que yo: «Para conducir de vez en cuando dos o tres pasajeros, un bote es mejor que un vapor; unos pocos sacos de harina exclusivamente se pueden transportar con menos gastos de trabajo en una mula aparejada que en un tren de ferrocarril; poner un gran depósito de géneros en el almacén de un camino de travesía, en el fondo de un bosque, sería sólo derrochar capital… Así como, por mucha agua que se vierta a un cubo, nunca habrá en él sino un cubo lleno, tampoco podrá emplearse como capital mayor cantidad de riqueza de la exigida por el mecanismo de la producción y del cambio, bajo las condiciones existentes de inteligencia, costumbres, seguridad, densidad de población, etc., peculiares a cada pueblo».


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