Las flores del mal
Las flores del mal El vino del solitario
El mirar inequívoco de una mujer insinuante
deslizado hacia nosotros como el destello blanco
enviado por la luna sinuosa al lago trémulo
cuando quiere bañar en él su belleza indolente;
la última bolsa de monedas en los dedos del jugador;
un beso descarado de la delgada Adelina[46],
los sones de una música que nos desarma y nos engatusa
como el grito lejano del humano dolor,
nada de eso es comparable, oh botella profunda,
a los bálsamos penetrantes que tu panza prolífica
reserva al corazón sediento del poeta devoto;
tú le escancias la vida, la juventud, la esperanza,
—¡y el orgullo, ese tesoro que guarda cualquier maleante,
que nos hace victoriosos y semejantes a los Dioses!