Jane Eyre
Jane Eyre —Lo resistirÃas si no tuvieras otro remedio, si fuera tu obligación hacerlo. Es débil y estúpido decir que no puedes soportar lo que está escrito en tu destino.
Sus palabras me sorprendÃan. El sentido de esa doctrina de resistencia se me escapaba, y aún entendÃa menos esa indulgencia hacia alguien que la habÃa castigado con tanta crueldad. Presentà que Helen Burns veÃa las cosas bajo una luz que a mà me resultaba inaccesible. Tal vez ella tuviera razón y fuera yo la equivocada, pero decidà dejar el asunto para otro momento.
—¿Puedes explicarme cuáles son tus defectos, Helen? A mà me pareces muy buena.
—Entonces aprende a no dejarte llevar por las apariencias. Tal y como dijo la señorita Scatcherd, soy una dejada. No consigo tener en orden mis cosas: soy descuidada y olvido las reglas. Cuando deberÃa estar estudiando me dedico a leer. Carezco de hábitos de estudio y, a veces, como tú, afirmo que no puedo soportar estar sujeta a controles sistemáticos. Todo esto resulta intolerable para la señorita Scatcherd, que es de natural limpio, aseado y puntual.
—Y malhumorado y cruel —añadÃ, pero Helen Burns no hizo ninguna señal de asentir a mi aportación; se mantuvo en silencio.
—¿La señorita Temple es tan severa contigo como la señorita Scatcherd?