Jane Eyre
Jane Eyre A lo largo de enero, febrero y parte de marzo, las intensas nevadas y el deshielo posterior dejaron los caminos intransitables y nos impidieron ir más allá de los muros del jardÃn, excepto para acudir a la iglesia. Sin embargo, cada dÃa pasábamos una hora al aire libre. Nuestras ropas apenas nos protegÃan de los rigores del frÃo: como carecÃamos de botas, la nieve se nos metÃa en los zapatos y se fundÃa allÃ, y la falta de guantes nos llenó las manos de sabañones. Recuerdo perfectamente la tremenda tortura que soportaba por las noches, con los pies inflamados y el dolor de introducir esos dedos despellejados y rÃgidos en los zapatos cada mañana, asà como la humedad que penetraba por ellos a media tarde. Además, la escasez de comida era alarmante. Pese a que éramos niñas en edad de crecer, lo que nos daban apenas habrÃa permitido saciar el apetito de un anciano inválido. El resultado era un abuso constante por parte de las mayores hacia las más pequeñas: siempre que tenÃan oportunidad, amenazaban a las más débiles para apoderarse de su ración. Muchas veces me vi obligada a compartir el precioso pedazo de pan moreno y el café que nos daban por las tardes con otras dos chicas, y a tragarme las migas con la ayuda de las lágrimas silenciosas que el hambre hacÃa brotar en mis ojos.