Jane Eyre
Jane Eyre Los domingos eran los dÃas más temidos del invierno. TenÃamos que recorrer a pie los tres kilómetros que nos separaban de la iglesia de Brocklehurst donde oficiaba nuestro director. SalÃamos con frÃo, llegábamos más frÃas aún y durante el sermón nos quedábamos casi paralizadas. Acabábamos demasiado tarde para volver a almorzar, asà que tomábamos allà mismo una ración de carne frÃa y un poco de pan, servidos en la cantidad Ãnfima que caracterizaba todas nuestras comidas.
Después del servicio de la tarde emprendÃamos el regreso a través del sinuoso camino, expuestas al cortante viento invernal que soplaba desde las cimas nevadas del norte y que casi conseguÃa arrancarnos la piel del rostro.
Recuerdo que la señorita Temple caminaba con paso ligero a nuestro lado, mientras el viento agitaba la capa que la envolvÃa, exhortándonos con su ejemplo a avanzar con el espÃritu alto, «como valientes soldados». Las otras profesoras estaban demasiado agotadas para infundir ánimos.
¡Cómo ansiábamos llegar y calentarnos a la lumbre del fuego! Pero, para las más pequeñas, esto último estaba vedado. Cada una de las dos chimeneas de la sala de estudio quedaba automáticamente rodeada por dos filas de muchachas mayores, y lo único que podÃamos hacer nosotras era agruparnos y cubrirnos los helados brazos con los delantales.