Jane Eyre
Jane Eyre A la hora del té disfrutábamos de una alegrÃa menor, que llegaba en forma de una doble ración de pan —es decir, una rebanada completa en lugar de media— cubierta de una fina capa de mantequilla. Era lo que más esperábamos de domingo a domingo. Normalmente, me las arreglaba para quedarme con parte de este suculento botÃn, pero solÃa verme obligada a compartir el resto.
El domingo por la tarde se dedicaba a repetir de memoria el Catecismo, y los capÃtulos quinto, sexto y séptimo del Evangelio de San Mateo, y a escuchar la lectura de un largo sermón por parte de la señorita Miller, cuyos irreprimibles bostezos daban buena prueba de su aburrimiento. A menudo, una media docena de las niñas más pequeñas se encargaban de representar la parte del Eutychus; las pobres, medio muertas de sueño, caÃan al suelo y entonces la única solución consistÃa en colocarlas en el centro de la sala y obligarlas a permanecer de pie hasta que el sermón hubiera finalizado. A veces, les fallaban los pies y acababan todas en el suelo, y solo en esos casos se les permitÃa apoyar la espalda en los altos taburetes de las monitoras.