Jane Eyre

Jane Eyre

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No he mencionado aún las visitas del señor Brocklehurst. Lo cierto es que dicho caballero no pasó por la casa hasta casi un mes después de mi llegada a Lowood, debido, según deduje, a una prolongación de su estancia en casa de su amigo, el archidiácono. Su ausencia supuso para mí un gran alivio. No hace falta que recuerde al lector que yo tenía mis propias razones para temer su aparición. Una aparición que, inevitablemente, tenía que llegar.

Una tarde (ya en mi tercera semana en Lowood), estaba sentada con un pizarrín en las manos mientras intentaba resolver una larga división, cuando al posar los ojos en la ventana capté la imagen de una silueta que acababa de pasar. Reconocí de manera instintiva su fúnebre figura, y cuando dos minutos más tarde alumnas y profesoras se pusieron de pie a la vez, no tuve que levantar la mirada para cerciorarme de a quien estaban saludando. Aquella columna oscura que tan mal me había tratado en Gateshead cruzó la sala a grandes zancadas para detenerse frente a la señorita Temple, quien también se había levantado de su asiento para recibir al recién llegado. Observé de reojo a esa pieza arquitectónica vestida de negro. No había la menor duda: se trataba del señor Brocklehurst, con el abrigo completamente abrochado y con un aspecto más alargado, más delgado y más rígido que nunca.


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