Jane Eyre
Jane Eyre John Reed era un chico de catorce años, cuatro más que yo (que entonces tenía solo diez), grande y fuerte para su edad. Su piel carecía de brillo y había tomado un tono enfermizo, sus rasgos eran toscos y tenía las piernas y los brazos muy fuertes. Solía comer hasta hartarse, con lo que sufría de frecuentes ataques hepáticos que habían acabado reflejándose en sus ojos, de mirada turbia y legañosa, y en sus flácidas mejillas. Lo cierto es que esos días debería haber estado en el internado, pero su madre lo había traído a casa por un par de meses debido a «problemas de salud». Las palabras del señor Miles, el director del colegio, cuando afirmó que una reducción en el número de pasteles y dulces que llegaban desde casa le haría mucho bien, chocaron de pleno contra el corazón de la madre, que se inclinaba por creer que el color amarillo que presentaba el rostro de John se debía al exceso de aplicación en sus estudios y, tal vez, a la añoranza del hogar.