Jane Eyre

Jane Eyre

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John no sentía mucho afecto por su madre ni sus hermanas, pero a mí me profesaba una aversión absoluta. Me hostigaba y castigaba, no dos o tres veces a la semana ni un par de veces al día, sino a todas horas. Yo le temía con todo mi ser, cada partícula de mi cuerpo temblaba de miedo cuando él estaba cerca y había veces en que el terror ante su presencia me paralizaba. No tenía a quien acudir a quejarme de sus amenazas o de sus ataques: los criados no querían indisponerse con el señorito poniéndose de mi parte, y la señora Reed parecía ciega y sorda ante el tema. Daba la impresión de no ver los golpes ni oír los insultos, aunque en más de una ocasión John me dirigió ambas cosas en su presencia. Lo habitual, debo reconocerlo, era que lo hiciera a sus espaldas.

Acostumbrada a obedecer las órdenes de John, fui hasta su silla. Él dedicó unos tres minutos a sacarme la lengua con el máximo descaro; yo sabía que el golpe no tardaría en llegar y, mientras lo esperaba, me quedé absorta contemplando su aspecto feo y desagradable. Me pregunto si mi rostro debió de expresar ese desprecio porque, de repente y sin mediar palabra, me pegó con tanta fuerza que me hizo retroceder un par de pasos y estuve a punto de caerme.



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