Jane Eyre
Jane Eyre La señorita Temple se pasó el pañuelo por los labios, intentando ocultar la sonrisa que pugnaba por dibujarse en ellos. En cualquier caso dio la orden y las alumnas, cuando lograron comprender qué debían hacer, obedecieron. Inclinándome un poco en el banco, conseguí ver las muecas que se dibujaban en sus caras. Era una lástima que el señor Brocklehurst no pudiera verlas: tal vez así habrá comprendido que, aunque podía cambiar cuanto quisiera el aspecto exterior de esas jóvenes, el interior se hallaba completamente fuera de su alcance.
Examinó la parte posterior de los peinados de las muchachas durante unos cinco minutos antes de dictar sentencia. Sus palabras sonaron como el toque de difuntos.
—Todos esos moños deben ser cortados.
La señorita Temple pareció oponerse.
—Señora —prosiguió él—, sirvo a un Señor cuyo reino no se encuentra en este mundo. Tengo la misión de mortificar en estas chicas los pecados de la carne, enseñarlas a vestirse con decoro y sobriedad, no con cintas en el pelo y costosos atavíos. Cada una de estas jóvenes lleva una trenza, una inmensa muestra de vanidad. Repito que deben cortarse. Piense en la pérdida de tiempo que supone…