Jane Eyre

Jane Eyre

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Yo la escuchaba en silencio. Helen había conseguido serenarme, pero esa tranquilidad no estaba exenta de una indescriptible tristeza; sus palabras expresaban dolor, pero yo era incapaz de adivinar su causa. Una vez hubo terminado de hablar, su respiración se aceleró y sufrió un breve acceso de tos, por lo que una leve preocupación relegó mis penas a un segundo plano.

Apoyé la cabeza en su hombro y la abracé por la cintura; ella me apretó contra su pecho y permanecimos así, descansando en silencio. No llevábamos mucho tiempo sentadas cuando alguien entró en la habitación. El viento se había encargado de barrer las nubes y la desnuda luna vertía su luz a través de la ventana, iluminándonos a las dos y a la figura que se acercaba, la señorita Temple.

—Te estaba buscando, Jane Eyre —dijo—. Quiero que me acompañes a mi alcoba. Si Helen Burns está contigo, puede acompañarte.

La seguimos a través de intrincados pasillos y empinadas escaleras. Sus aposentos estaban provistos de un fuego vivo y en ellos se respiraba alegría. La señorita Temple dijo a Helen que tomara asiento en un sillón situado a un lado de la chimenea y después de sentarse ella al otro lado, me pidió que me acercara.

—¿Ya se te ha pasado el disgusto? —preguntó, mirándome a la cara—. ¿Ya has derramado todas las lágrimas que tenías?


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