Jane Eyre

Jane Eyre

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La bandeja no tardó en aparecer. Mis ojos contemplaron extasiados las hermosas tazas de porcelana y la brillante tetera, colocadas sobre la mesilla redonda que había junto al fuego. ¡Qué delicioso aroma desprendían las bebidas y el pan tostado! Desilusionada (porque estaba empezando a recobrar el apetito), observé que se trataba de una ración muy pequeña. Lo mismo opinó la señorita Temple.

—Barbara —comentó—, ¿puedes traernos un poco más de pan con mantequilla? Esta ración no es suficiente para las tres.

Barbara salió y volvió enseguida.

—La señora Harden dice que ha hecho subir la ración habitual.

Permítanme señalar que la señora Harden era el ama de llaves, una mujer que compartía con el señor Brocklehurst la dureza de corazón y la frialdad.

—¡De acuerdo! —contestó la señorita Temple—. Tendremos que pasar con este, Barbara. —Y cuando la criada se marchó añadió, sonriente—: Afortunadamente tengo provisiones para suplir lo que falta.

Habiéndonos pedido a Helen y a mí que nos acercáramos a la mesa, nos sirvió una taza de té y una rebanada de pan con una fina capa de mantequilla: después se levantó, abrió un cajón y sacó de él un paquete envuelto. Al romper el papel, apareció ante nuestros ojos un enorme pastel.


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