Jane Eyre

Jane Eyre

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Me besó y, sin apartarme de su lado (un lugar privilegiado desde el que podía observar con gran placer su rostro, su vestido, sus accesorios, sus ondulados cabellos y sus centelleantes ojos oscuros), se dirigió a Helen Burns.

—¿Cómo te encuentras esta noche, Helen? ¿Has tosido mucho hoy?

—Creo que no demasiado, señora.

—¿Y qué tal va el dolor del pecho?

—Un poco mejor.

La señorita Temple se puso en pie, cogió su mano y le tomó el pulso; después volvió a sentarse y dejó escapar un leve suspiro. Se mantuvo pensativa durante unos minutos y luego exclamó con voz alegre, mientras hacía sonar el timbre:

—Esta noche sois mis invitadas y seréis tratadas como tales. Barbara —dijo dirigiéndose a la criada que había acudido en respuesta de la llamada—, todavía no he tomado el té; trae la bandeja y tazas para estas dos damiselas.


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