Jane Eyre

Jane Eyre

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También descubrí que un enorme placer, un goce solo limitado por la línea del horizonte, se extendía más allá de los muros y de las rejas que cercaban nuestro jardín. Dicho placer tomaba la forma de majestuosas montañas situadas en torno a un inmenso valle, rico en sombra y vegetación, de un riachuelo radiante lleno de piedras oscuras y de centelleantes remolinos. ¡Qué aspecto tan distinto tenía este paisaje bajo el gris acerado del cielo invernal, entumecido por la escarcha y sepultado por la nieve! Aquellos días en que la bruma, helada como la muerte, deambulaba a merced de los vientos hasta rodear las cimas moradas, para luego caer rodando por las laderas hasta reunirse con la niebla que cubría el arroyo. En esos momentos, el riachuelo era un torrente, turbio e irrefrenable que partía el bosque en dos, rasgando el silencio con su rugido delirante, a menudo agravado por las salvajes lluvias o las tormentas de aguanieve, mientras que los esqueletos desnudos de los árboles constituían la única vegetación del paisaje.







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