Jane Eyre

Jane Eyre

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Abril dio paso a mayo. Fue un mes de mayo brillante y sereno, compuesto por días de cielo azul, plácidos atardeceres y suaves vientos procedentes del oeste o del sur. Y la naturaleza floreció con vigor. Lowood se soltó el pelo, y todo se volvió verde, rebosante de flores. Aquellos esqueletos pertenecientes a álamos, robles y fresnos, fueron poco a poco cobrando vida, invadidos por las plantas silvestres que crecían en sus surcos y por las incontables variedades de musgo que rellenaban todos sus huecos. La luz del sol iluminaba las primorosas plantas que cubrían el suelo, y puedo asegurar que fui testigo de cómo sus rayos dorados se colaban hasta en los lugares más sombríos, derramando en ellos su brillo más intenso. A menudo disfruté de este espectáculo, libre, sin trabas ni vigilancia y casi en absoluta soledad. Sin embargo, había una causa que explicaba tanta libertad y tanto placer, una causa que debo explicar.

¿No creéis que el lugar que he descrito, protegido entre colinas y árboles y al borde de un riachuelo, resulta un entorno de lo más placentero para una casa? Seguro que sí, bonito lo era. El problema no radicaba tanto en la belleza del paraje, sino en su salubridad.




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