Jane Eyre

Jane Eyre

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La hondonada en la que se construyó Lowood era una cuna de niebla y de la pestilencia que esta genera, que, avivada por la fulminante llegada de la primavera, escaló los muros del asilo de huérfanas, esparciendo el tifus por el dormitorio y las salas de estudio. A principios de mayo, el seminario se convirtió en un hospital improvisado.

La escasez de alimentos y los resfriados mal curados habían predispuesto a la mayoría de las alumnas a contraer la infección: cuarenta y cinco de las ochenta niñas cayeron enfermas a la vez. Las clases se suspendieron y se relajó la disciplina. Las pocas que no nos contagiamos disfrutamos de un permiso ilimitado; de hecho, las recomendaciones del doctor incluían hacer mucho ejercicio, pero, aunque no hubiera sido así, nadie disponía de tiempo para vigilarnos. Toda la atención de la señorita Temple se concentraba en las enfermas: pasaba el día con ellas, solo se movía de su lado durante unas horas por la noche para descansar un poco. Las profesoras estaban ocupadas haciendo los equipajes y preparando los viajes de aquellas niñas que eran lo bastante afortunadas como para que sus familiares quisieran alejarlas de ese foco de infección. Muchas, ya enfermas, viajaron a casa solo para morir. Algunas murieron en la escuela y tuvieron un entierro silencioso y rápido, ya que la naturaleza del mal no permitía retrasos.


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